La niebla dormía todavía sobre los tejados. La mañana, templada y húmeda, invitaba a la pandilla a salir a hurtadillas hacia el embarrado camino de Luzón. Pronto habríamos llegado al muladar o como aquí llamábamos “Cementerio de las mulas”.

Allá, bien pronto comenzaba la clase de Anatomía: montañas de costillas, espinazos, tibias, fémures, vértebras y falanges de todos los tamaños, bien repelados por los buitres y blanqueados por el sol. 

Era el día uno de noviembre de 1964 y nos disponíamos a celebrar, siguiendo la tradición, la noche de Los Difuntos. Nuestro cometido acabó, tras emular a los hermanos Caín y Abel, cuando en la huesera encontramos el más espectacular cráneo desprovisto de sus quijadas. Cargamos con él y desandado el camino lo preparamos  para la noche de la celebración. Colocamos un trozo de vela de rollete en las oquedades de la boca y los ojos, pasábamos una cuerda por las órbitas oculares y tan sólo quedaba esperar el crepúsculo para elegir a la víctima, atravesar la cuerda con la calavera en medio de su puerta y dar unos aldabonazos con el picaporte.

El macabro juego terminaba con el tremendo susto  a  la persona que acudía a abrir y el regocijo  de la “Canalla”, que debíamos salir por patas ante los improperios y amenazas del vecino ridiculizado.

Acabada la jornada, sólo quedaba devolver el cráneo a su lugar y agradecer el último servicio prestado por nuestras entrañables lumadras que tanto habían hecho ya en vida por nosotros.

RAMIRO VALERO ATANCE

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