Se llamaba Shinchan y llegó a Maranchón con cuatro meses. Desde entonces todos sus veranos,fiestas y puentes los pasó disfrutando del aire puro, el fresquito y la paz que nos ofrece el pueblo. Le gustaba tanto, que cuando nos veía preparar las maletas, era la primera en meterse dentro. Cuando llegabamos a casa, hacia inspección por todas las habitaciones y cuando comprobaba que todo estaba en orden, se adueñaba del sillón del abuelo. Estaba atenta a las campanadas, aunque tenía su propio horario, a los demás nos avisaba cuando era hora de comer, cenar o darle sus chucherías. Sólo salió de casa una vez, se escapó hasta la Alameda, creo que se asustó tanto que la  encontramos echa una bolita en un seto. Le debió parecer la jungla por lo menos. Desde entonces pasaba horas mirando desde el balcón, veía la torre del ayuntamiento, tomaba el sol y disfrutaba las lluvias de estrellas como cualquier chaval del pueblo. Pasamos el último carnaval con ella allí disfrutando como siempre, sin saber que sería su último viaje. Empezó un virus, un confinamiento, un horror que todos hemos sentido. Un día de esos se puso malita. Ingresada en un hospital, sin poder visitarla, esperando una agónica llamada. Y ese día llegó. Cuando su piel paso de gris perla a amarillo cetrino. Sus ojos se cerraron para siempre. Entonces le prometí volver allí donde fue feliz, y descansar por siempre con todos los que allí nos esperan, con los abrazos que ahora nos faltan y jugando al mus, como de costumbre. Ella jugará con los amarracos, los gatos son así.

Noelia Suñez Lomas

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